La montaña verde opacada por la respiración gris de cientos de casas cuya alma tiene luz, esa luz y esa alma que tienen matices, actitudes, comportamientos, tintes, colores, formas diferentes y que se ven reflejados en la intensidad de la misma. Una oscuridad que es dividida a través del campo por un juego de luces que bailan, y aunque parecen iguales cada una atrae a personajes diferentes. Al fondo un numeroso vecino nos vigila, nos absorbe, nos carcome y ese pueblo empieza a perder lo último que debe de perder cualquier ser humano; la inocencia, que es opacada por factores insignificantes como el tiempo, los compromisos, los estereotipos. Al lado del pueblo esta la huella de lo que en algún tiempo fue modernidad fue progreso, al otro, otra faceta de la modernidad del tiempo que se rehúsa a desaparecer por necesidad y bajo nosotros vamos pisoteando ilusiones, esperanzas, proyectos, actitudes, ideales y sin darse cuenta se empieza ha ser lo que uno odia. Y termina...